¡Ven a ver tu Roma, que está lamentándose, viuda, sola, y día y noche exclama: «César mío, ¿por qué me has abandonado?»! ¡Ven a ver cuán amador es el pueblo; y si ninguna piedad por nosotros te mueve, ven y avergüénzate de tu fama!
Y si lícito es, ¡oh Jove Supremo!, que por nosotros fuiste en tierra crucificado, ¿están tus justos ojos apartados a otra parte? ¿O es una preparación que, en el abismo de tu propio consejo, para algún bien haces de nuestra percepción enteramente separado? ¡Pues todas las ciudades de Italia están llenas de tiranos, y se convierte en un Marcelo cada villano aldeano que hace de partidario!
¡Mi Florencia! bien puedes estar contenta con esta digresión que a ti no atañe, ¡gracias a tu pueblo que tal previsión toma!
Muchos llevan la justicia en el corazón, pero tiran despacio, para no llegar imprevisos al arco; ¡mas tu pueblo la tiene en los mismos labios!
Muchos rehúyen cargar con la cruz común; pero tu solícito pueblo responde sin que se le pida y grita: «Me someto».
Regocíjate ahora, que tienes gran motivo; ¡tú, opulenta; tú, en paz; tú, llena de sabiduría! Si digo la verdad, el acontecer no lo oculta.
Atenas y Lacedemonia, que crearon las antiguas leyes y fueron tan civilizadas, hicieron un pequeño amago hacia el buen vivir en comparación contigo, que haces disposiciones tan sutiles, que lo que hilas en octubre no llega a la mitad de noviembre.
¡Cuántas veces, dentro del tiempo de tu memoria, leyes, moneda, oficios y costumbres has remodelado, y renovado a tus miembros!
Y si bien te acuerdas y ves la luz, te verás a ti misma como una enferma que no halla reposo sobre sus plumas, sino que con sus vueltas ahuyenta su dolor.