San Juan examina a Dante sobre la esperanza.
Si alguna vez acontece que el Poema Sacro al que han puesto la mano cielo y tierra, tanto que me ha hecho flaco por muchos años, venza la crueldad que me excluye del hermoso redil donde dormí cordero, enemigo de los lobos que le hacen la guerra, con otra voz ya, con otro vellón volveré poeta, y en mi pila bautismal tomaré la corona de laurel; porque en la Fe que hace conocer todas las almas a Dios allí entré, y entonces Pedro por amor de ella así me ceñió la frente. Luego hacia nosotros se movió una luz de aquel coro de donde salieron las primicias que Cristo dejó tras sí de sus vicarios, y entonces mi Señora, llena de éxtasis, me dijo: “¡Mira, mira! He aquí al Barón por quien abajo se frecuenta Galicia”. Del mismo modo que, cuando una paloma se posa cerca de su compañera, ambas despliegan, girando y murmullando, su afecto, así vi a uno por el otro gran Príncipe glorificado ser recibido con bienvenida, alabando el alimento que allí arriba se come. Pero cuando sus congratulaciones terminaron, en silencio coram me se detuvo cada uno, tan incandescente que avasalló mi vista. Sonriendo después, dijo Beatriz: “Vida ilustre, por quien las liberalidades de nuestra Basílica han sido descritas, haz que resuene la Esperanza en esta altura; tú sabes cuánto la personificas tantas veces cuanto Jesús a los tres dio mayor claridad”.— “Alza tu cabeza y hazte seguro; pues lo que viene aquí desde el mundo mortal necesita madurar en nuestro fulgor”. Este consuelo me vino del segundo fuego; por lo que alcé mis ojos a los montes, que antes los habían abrumado con demasiado peso. “Ya que, por su gracia, nuestro Emperador quiere que te encuentres cara a cara, antes de tu muerte, en la cámara más secreta, con sus Condes, para que, vista la verdad de esta corte, la Esperanza, que abajo con razón enamora, con ello la fortalezcas en ti y en otros, di qué es, y cómo florece en ella tu mente, y di de dónde