«¡Oh tú, que en el valle afortunado que hizo a Escipión heredero de la gloria, cuando Aníbal huestes mil volvió la espalda, mil leones por presa alguna vez trajiste, y que, de haber estado en la gran guerra con tus hermanos, aún parece creerse que los hijos de la Tierra hubieran vencido; ponnos abajo, y no lo desdeñes, allá donde el frío aprisiona el Cocito. No nos hagas ir a Titio ni a Tifón; este puede dar de lo que aquí se anhela; inclínate, pues, y no retuerzas el labio. Aún puede en el mundo tu fama restaurar, porque vive, y larga vida aún espera, si la Gracia no lo llama a sí antes de tiempo».
Así habló el Maestro; y con prisa el otro extendió las manos y tomó a mi Guía — manos cuya gran presión Hércules sintió una vez. Virgilio, cuando se sintió abrazado, me dijo: «Acércate, para que pueda tomarte»; luego de sí mismo y de mí hizo un solo haz.
Como parece la Carisenda, al verla por el lado inclinado, cuando una nube pasa por encima de modo que cuelga en sentido contrario;
tal me pareció Anteo a mí, que estaba atento a verle agacharse, y fue entonces cuando hubiera deseado ir por otro camino.
Mas con ligereza en el abismo, que devora a Judas con Lucifer, nos depositó; ni así inclinado hizo allí demora, sino que, como el mástil de una nave, se enderezó.