caer a los tres uno por uno, entre el quinto día y el sexto; por lo que me puse, ya ciego, a tantear a cada uno, y a llamarlos tres días después de muertos; luego pudo más el hambre que el dolor.
Cuando hubo dicho esto, con los ojos torcidos, el mísero cráneo retomó con los dientes, los cuales, como de perro, sobre el hueso eran fuertes.
¡Ah, Pisa, oprobio de la gente de la bella tierra allí donde el Sí suena, pues lentos en castigarte tus vecinos son, ¡muévanse Capraia y Gorgona, y hagan un seto sobre la boca del Arno, para que a cada persona en ti ahogue!
Pues si el conde Ugolino tenía fama de haber en tus castillos a ti traicionado, no debías a tal cruz haber llevado a sus hijos. ¡Inocentes de cualquier crimen, oh moderna Tebas!, su juventud hizo a Uguccione y a Brigata, ¡y a los otros dos que mi canto nombra arriba!
Aún más allá pasamos, donde el hielo a otra gente encierra rudamente, no vuelta hacia abajo, sino toda invertida.
El llanto mismo allí no les deja llorar, y el dolor que halla traba en los ojos se vuelve hacia adentro para aumentar la angustia; porque las primeras lágrimas forman un racimo y, a la manera de una visera de cristal, llenan por completo la copa bajo las cejas.
Y no obstante que, como en un callo, a causa del frío toda sensibilidad había abandonado mi rostro, me pareció aún que sentía algún viento;
por lo que yo: «Mi Maestro, ¿quién mueve esto? ¿No está acaso extinguido aquí abajo todo vapor?».
Por lo que él a mí: «Bien pronto estarás donde tu ojo te dará respuesta de esto, viendo la causa que hace llover el soplo».