Cuando él notó cierta tardardanza que yo hice antes de responder, cayó de nuevo supino, y no apareció más.
Mas el otro, magnánimo, a cuyo ruego me había quedado, no cambió de aspecto, ni movió el cuello, ni inclinó el costado.
Y prosiguiendo su discurso primero, dijo: «Y si ellos ese arte no han aprendido bien, eso me atormenta más que este lecho.
Mas no cincuenta veces será encendido el rostro de la Señora que aquí reina, antes de que sepas cuan pesado es ese arte; y así como quieras volver al dulce mundo, dime: ¿por qué ese pueblo es tan impío contra mi linaje en cada una de sus leyes?».
De donde yo a él: «La gran matanza y la cruel carnicería que tiñeron de rojo al Arbia, hacen que tales oraciones se hagan en nuestro templo».
Después de que hubo sacudido la cabeza, con un suspiro,
«Allí no estaba solo», dijo, «ni ciertamente sin motivo me habría movido con los otros. Pero allí estuve solo, donde todos consintieron en la destrucción de Florencia, aquel que la defendió a cara descubierta».
“¡Ah!, así pueda vuestra cepa en lo futuro reposar —le rogué—, resolvedme aquel nudo que aquí ha enredado mis conceptos. Parece que veis, si bien escucho, de antemano cuanto el tiempo trae consigo, y del presente tenéis otro modo”.
—Vemos, como los que tienen imperfecta vista, las cosas —dijo— que distantes de nosotros están; tanto aún nos alumbra el Soberano Gobernador. Cuando se acercan, o son, es totalmente vano nuestro intelecto, y si nadie nos lo trae, nada sabemos de vuestra condición humana.