mas cuando pastor de Roma fui hecho, entonces descubrí que la vida era una mentira. Vi que el corazón allí no reposaba, ni en aquella vida se podía ascender más; por lo que el amor de esta se encendió en mí. Hasta ese tiempo alma infeliz y apartada de Dios fui, y totalmente avara; ahora, como ves, aquí soy castigado por ello. Lo que la avaricia hace se manifiesta aquí en la purgación de estas almas convertidas, y el Monte no tiene dolor más amargo. Así como nuestro ojo no se levantaba en alto, fijo en las cosas terrenas, así la justicia aquí lo ha sumergido en la tierra. Como la avaricia había extinguido nuestro afecto por todo bien, con lo que se perdió la acción, así la justicia aquí nos tiene en rehenes, atados y presos de pies y manos; y tanto tiempo como plazca al justo Señor permaneceremos inmóviles y postrados».
Yo de rodillas había caído, y deseaba hablar; mas apenas comencé, y él se percató, con solo escuchar, de mi reverencia, «¿Qué causa —dijo— te ha doblado así hacia abajo?». Y yo a él: «Por vuestra propia dignidad, estando en pie, la conciencia me mordía con remordimiento». «Endereza tus piernas, y álzate, hermano —respondió—; no hierres, consiervo soy contigo y con los demás de una sola potestad. Si alguna vez aquel santo son evangélico, que dice neque nubent, has oído, bien puedes ver por qué de este modo hablo. Ahora vete; no quiero que te detengas por más tiempo, porque tu estancia incomoda mi llanto, con el cual maduro lo que has dicho. En la tierra tengo una nieta llamada Alagia, buena por sí misma, a menos que acaso nuestra casa la vuelva malévola con su ejemplo, y ella sola me queda en la tierra».