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nydus/The Divine ComedyPublic
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Canto I

¡Y he aquí que, casi al comenzar la cuesta, una pantera ligera y muy ágil, cubierta de una piel con manchas! Y jamás se apartaba de mi rostro, es más, tanto impedía mi camino, que muchas veces me volví para retornar. Era el tiempo del inicio de la mañana, y el sol subía con aquellas estrellas que estaban con él cuando el Amor Divino puso por vez primera en movimiento aquellas cosas bellas; de modo que me daban buena esperanza la piel abigarrada de aquel animal fiero, la hora del tiempo y la estación dulce; mas no tanta, que no me diera miedo la vista de un león que se me apareció. Parecía que venía contra mí con la cabeza alta y con rabiosa hambre, tanto que parecía que el aire le temía; ¡y una loba, que de todas las hambres parecía cargada en su flacura, y a mucha gente ha hecho vivir desdichada! Esta me trajo tanta pesadumbre, con el espanto que salía de su aspecto, que perdí la esperanza de la altura. Y como aquel que alegremente adquiere, y llega el tiempo que le hace perder, que en todos sus pensamientos llora y se congoja, tal me hizo aquella bestia sin paz, la cual, viniendo hacia mí paso a paso, me repelía allá donde el sol enmudece.

Mientras me precipitaba hacia labajura, se presentó ante mis ojos uno que parecía roncó por el largo silencio. Cuando lo vi en el desierto vasto, «¡Ten piedad de mí!», le grité, «¡seas quien seas, sombra o hombre de verdad!». Él me respondió: «No hombre; hombre fui una vez, y mis padres fueron ambos de Lombardía, y mantuanos de patria los dos. Sub Julio nací, aunque tarde, y viví en Roma bajo el buen Augusto, en el tiempo de los dioses falsos y mentirosos. Poeta fui, y canté a aquel justo hijo de Anquises que salió de Troya, después de que la soberbia Ilión fuera quemada.

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