el Cielo de su veda secular, se nos apareció con tal veracidad esculpido en graciosa actitud, que no parecía una imagen muda. Se habría jurado que decía: «¡Ave!»; pues allí estaba esculpida en efigie la que abriera la llave del excelso amor, y en su semblante impresa esta palabra: «Ecce ancilla Dei», tan distinta como en la cera se estampa cualquier figura.
«No mantengas tu mente en un solo lugar», dijo el amable Maestro que me tenía de pie del lado donde la gente tiene el corazón; por lo cual moví mis ojos, y contemplé detrás de María, y de aquel lado donde estaba de pie quien me guiaba, otra historia impuesta sobre la roca; por lo que pasé junto a Virgilio y me acerqué, para que fuera puesta ante mis ojos.
Allí esculpidos en el mismo mármol estaban el carro y los bueyes, llevando el arca santa, por lo cual se teme un cargo no asignado.
Aparecía gente al frente, y toda ella en siete coros dividida, de dos sentidos hacía decir al uno: «No», y al otro: «Sí, cantan».
Asimismo ante el humo del incienso, que allí estaba representado, los ojos y la nariz se volvían discordantes entre el sí y el no.
Precedía allí el vaso bendito, danzando con las cíngulas ceñidas, el humilde Salmista, y más y menos que Rey era él en esto.
Enfrente, representada en la ventana de un gran palacio, Micol lo contemplaba, tal como una mujer desdeñosa y afligida.
Moví mis pies del sitio en que estuve antes, para examinar de cerca otra historia, que después de Mical me brillaba blanca. Allí la alta gloria del Príncipe romano estaba descrita, cuya gran beneficencia movió a Gregorio a su gran victoria; hablo del emperador