Al doblar por el cruce pensó en la experiencia espantosa por la que acababa de pasar, y tenía que contárselo a alguien; a la señora Ramsay, por supuesto, pues le faltaba el aliento al pensar en lo que había sido y hecho. Había sido, con mucho, el peor momento de su vida cuando le pidió a Minta que se casara con él. Iría derecho a ver a la señora Ramsay, porque sentía de algún modo que ella era la persona que lo había obligado a hacerlo. Ella le había hecho creer que era capaz de hacer cualquier cosa. Nadie más lo tomaba en serio. Pero ella le hizo creer que podía hacer lo que quisiera. Había sentido los ojos de él —de ella— clavados en él durante todo el día de hoy, persiguiéndole (aunque no dijera una sola palabra) como si estuvieran diciendo: «Sí, puedes hacerlo. Creo en ti. Lo espero de ti». Ella le había hecho sentir todo eso, y en cuanto volvieran (buscó las luces de la casa sobre la bahía) iría a verla y le diría: «Lo he hecho, señora Ramsay; gracias a usted».
Y así, al doblar hacia el sendero que llevaba a la casa, pudo ver luces que se movían por las ventanas de arriba. Debían de ir baratísimos de tiempo, entonces. La gente se estaba arreglando para cenar. La casa estaba completamente iluminada, y las luces después de la oscuridad le llenaron los ojos, y se dijo a sí mismo, infantilmente, mientras subía por la entrada de coches, Luces, luces, luces, y repitió de un modo aturdido, Luces, luces, luces, al entrar en la casa, mirando a su alrededor con el rostro completamente rígido. Pero, santo cielo, se dijo, llevándose una mano a la corbata, no debo hacer el ridículo.)