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nydus/To the LighthousePublic
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I. La Ventana

No, no, dijo ella, ella siempre lo llevaba consigo. Y así era. Sí, él percibía eso en ella. Sentía muchas cosas, algo en particular que lo excitaba y lo perturbaba por razones que no sabía explicar. Le gustaría que ella lo viera, con toga y capilla, caminando en una procesión. Una beca, una cátedra —se sentía capaz de todo y se veía a sí mismo—, pero ¿qué era lo que ella estaba mirando?

A un hombre pegando un cartel. La inmensa hoja ondeante se alisaba y cada brochazo revelaba nuevas piernas, aros, caballos, rojos y azules relucientes, maravillosamente lisos, hasta que la mitad de la pared quedó cubierta con el anuncio de un circo; cien jinetes, veinte focas amaestradas, leones, tigres.⁠ ⁠… Estirando el cuello, pues era corta de vista, leyó en voz alta cómo aquello⁠ ⁠… «visitará esta ciudad». Era un trabajo terriblemente peligroso para un manco, exclamó, estar subido a una escalera de esa manera: le habían cortado el brazo izquierdo en una segadora dos años atrás.

—¡Vayámonos todos! —exclamó, echando a andar, como si todos aquellos jinetes y caballos la hubieran llenado de un júbil infantil y le hubieran hecho olvidar su compasión.

“Vamos”, dijo, repitiendo las palabras de ella, pronunciándolas sin embargo con una timidez afectada que la hizo estremecerse. “Vayamos al Circo”.

No. No lograba decirlo bien. No lograba sentirlo bien. ¿Pero por qué no?, se preguntaba ella. ¿Qué le pasaba entonces? En ese momento él le caía bastante bien. ¿No los habían llevado, preguntó, a los circos cuando eran niños?

Nunca, respondió, como si ella le hubiera preguntado precisamente lo que él deseaba responder; lo que llevaba todos estos días anhelando decir:

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