Mientras él subía por la entrada y Lily Briscoe decía sí y no y remataba sus comentarios (pues estaba enamorada de todos ellos, enamorada de este mundo), sopesó el caso de Ramsay, se compadeció de él, lo envidió, como si lo hubiera visto despojarse de todas aquellas glorias de aislamiento y austeridad que lo coronaron en su juventud para cargar decididamente sobre sí con aleteos y cacareos domésticos.
Algo le aportaban —eso lo reconocía William Bankes; habría sido agradable que Cam le pusiera una flor en la solapa o se le trepara al hombro, como al de su padre, para mirar una estampa del Vesubio en erupción—; pero también habían destruido algo, y sus viejos amigos no podían evitar sentirlo.
¿Qué pensaría un desconocido ahora? ¿Qué pensaría esta Lily Briscoe? ¿Cómo evitar notar que se le iban pegando los hábitos? ¿Las excentricidades, tal vez las debilidades? Era asombroso que un hombre de su intelecto pudiera caer tan bajo como caía —pero esa era una frase demasiado dura—, pudiera depender tanto como dependía de la alabanza ajena.
—Oh, pero —dijo Lily—, ¡piensa en su obra!
Cada vez que «pensaba en su trabajo», veía siempre con absoluta claridad ante sí una gran mesa de cocina.
Fue cosa de Andrew. Ella le preguntó de qué trataban los libros de su padre.
—Sujeto y objeto y la naturaleza de la realidad —había dicho Andrew. Y cuando ella exclamó ¡Dios santo!, no tenía la menor idea de lo que eso significaba.
—Piensa entonces en una mesa de cocina —le dijo—, cuando tú no estás allí.