Codal
nydus/To the LighthousePublic
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XVII

preguntaba: ¿Para qué vive uno? ¿Por qué, se preguntaba uno, se toma uno tantas molestias para que la raza humana continúe? ¿Es tan deseable? ¿Somos atractivos como especie? No tanto, pensó, mirando a aquellos muchachos bastante desaliñados. Su favorita, Cam, estaba en la cama, suponía. Preguntas necias, preguntas vanas, preguntas que uno nunca se hacía si estaba ocupado. ¿Es la vida humana esto? ¿Es la vida humana aquello? Uno nunca tenía tiempo para pensar en ello. Pero allí estaba él haciéndose ese tipo de preguntas, porque la señora Ramsay estaba dando órdenes a los criados, y también porque se le había ocurrido, al pensar en lo sorprendida que estaba la señora Ramsay de que Carrie Manning aún existiera, que las amistades, incluso las mejores, son cosas frágiles. Uno se va distanciando. Se reprochaba de nuevo. Estaba sentado al lado de la señora Ramsay y no tenía absolutamente nada que decirle.

—Lo siento muchísimo —dijo la señora Ramsay, volviéndose hacia él por fin.

Se sentía rígido y estéril, como un par de botas que se han empapado y se han secado de modo que uno apenas puede meter los pies en ellas. Sin embargo, tenía que meter los pies en ellas. Tenía que obligarse a hablar.

A menos que fuera muy cuidadoso, ella descubriría esa traición suya; que a él le importaba un bledo ella, y eso no sería nada agradable, pensó. Así que inclinó la cabeza cortésmente en dirección a ella.

“Cómo debes detestar cenar en esta leonera”, dijo, recurriendo, como solía hacerlo cuando estaba distraída, a sus maneras sociales.

Así, cuando hay una disputa de lenguas en alguna asamblea, el presidente, para lograr la unidad, sugiere que todos hablen en francés.

Tal vez sea un mal francés; es posible que el francés no contenga las palabras que expresan los pensamientos del hablante; sin embargo, hablar francés impone cierto orden, cierta uniformidad.

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