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nydus/To the LighthousePublic
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IV. La Ventana

Luego surgió en una exhalación la esencia de su ser. Esa fue otra. Se sintió traspasada por la intensidad de su percepción; era su severidad; su bondad. > Le respeto (se dirigió a él en silencio) en cada átomo; usted no es vano; es totalmente impersonal; es mejor que el señor Ramsay; es el ser humano más excelente que conozco; no tiene esposa ni hijo (sin ningún sentimiento sexual, anhelaba cuidar esa soledad), usted vive para la ciencia (involuntariamente, fragmentos de patatas se alzaron ante sus ojos); el elogio sería un insulto para usted; ¡hombre generoso, de corazón puro y

Pero simultáneamente, recordó cómo él había traído a un ayuda de cámara hasta aquí arriba; se había puesto a los perros en las sillas; y discurseaba durante horas (hasta que el señor Ramsay salía furioso de la habitación) sobre la sal en las verduras y la iniquidad de los cocineros ingleses.

¿Cómo funcionaba entonces todo aquello? ¿Cómo se juzgaba a la gente, cómo se pensaba en ella? ¿Cómo se sumaba esto y aquello para concluir que lo que se sentía era afecto o antipatía? Y a esas palabras, ¿qué significado les correspondía, después de todo?

De pie ahora, aparentemente embelesada, junto al peral, las impresiones sobre aquellos dos hombres se agolparon en su mente, y seguir su pensamiento era como seguir una voz que habla demasiado deprisa para poder tomar nota con un lápiz, y la voz era su propia voz diciendo sin incitación cosas innegables, eternas, contradictorias, de modo que hasta las fisuras y los bultos en la corteza del peral quedaban irrevocablemente fijados allí por la eternidad.

—Usted tiene grandeza —prosiguió—, pero el señor Ramsay no tiene nada de eso. Es mezquino, egoísta, vanidoso, ególatra; está malcriado; es

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