En verdad, por poco vuelca su caballete al abalanzarse sobre ella con los brazos en alto, gritando «Con valor cabalgamos y bien», pero, por fortuna, dio un giro brusco y se alejó para morir gloriosamente, según supuso ella, en las alturas de Balaclava.
Jamás hubo nadie tan ridículo y a la vez tan alarmante. Pero mientras se mantuviera así, agitando los brazos, gritando, ella estaba a salvo; él no se quedaría quieto mirando su cuadro. Y eso era lo que Lily Briscoe no habría podido soportar.
Aun mientras contemplaba la masa, la línea, el color, a la señora Ramsay sentada en la ventana con James, mantenía un tentáculo alerta en su entorno por si alguien se acercaba sigilosamente y de pronto descubría que miraban su cuadro.
Pero ahora, con todos los sentidos avivados como los tenía, mirando, esforzándose hasta que el color de la pared y las clemátides más allá se le grabaron a fuego en los ojos, advirtió que alguien salía de la casa y se dirigía hacia ella; sin embargo, adivinó de algún modo, por los pasos, que era William Bankes, de modo que, aunque su pincel tembló, no volvió el lienzo hacia la hierba, como lo habría hecho de haber sido el señor Tansley, Paul Rayley, Minta Doyle o prácticamente cualquier otra persona, sino que dejó que se mantuviera en pie.
William Bankes se detuvo a su lado.
Tenían habitaciones en el pueblo, y así, entrando y saliendo, despidiéndose tarde en los felpudos, se habían dicho pequeñas cosas sobre la sopa, sobre los niños, sobre una cosa y otra que los habían vuelto aliados; de modo que cuando él se detuvo a su lado en su actitud juiciosa