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nydus/To the LighthousePublic
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VIII

Sin malicia, pues la familia no vendría, nunca más, decían algunos, y la casa se vendería por San Miguel tal vez, la señora McNab se agachó y cortó un ramo de flores para llevarse a casa. Los dejó sobre la mesa mientras sacudía el polvo. Le gustaban las flores. Era una pena dejar que se desperdiciaran.

Supóngase que la casa se vendiera (se quedó de pie con las manos en jarra frente al espejo), habría que echarle una ojeada, vaya que sí.

Allí había estado todos estos años sin un alma dentro. Los libros y las cosas se habían llenado de moho porque, entre la guerra y lo difícil que era conseguir ayuda, la casa no se había limpiado como a ella le hubiera gustado. Ya superaba las fuerzas de una sola persona ponerla en orden. Era demasiado mayor. Le dolían las piernas.

Todos esos libros necesitaban ser extendidos en el césped al sol; se había caído yeso en el recibidor; el bajante de la lluvia se había atascado sobre la ventana del estudio y había dejado entrar el agua; la alfombra estaba arruinada por completo. Pero la gente debería venir en persona; deberían haber mandado a alguien a echar un vistazo.

Porque había ropa en los armarios; habían dejado ropa en todos los dormitorios. ¿Qué iba a hacer ella con ella? Estaban apolilladas las cosas de la señora Ramsay. ¡Pobre señora! Ya no las querría nunca más. Había muerto, decían, hacía años, en Londres.

Allí estaba el viejo abrigo gris que se ponía para arreglar el jardín (la señora McNab lo palpó). Podía verla, cuando subía por la entrada con la colada, inclinada sobre sus flores (el jardín daba ahora pena, todo desbocado, y con conejos escampando de los bancales hacia ti)⁠—podía verla con uno de los niños a su lado en aquel abrigo gris.

Había botas y zapatos; y un cepillo y un peine dejados en el tocador, talmente como si esperara volver mañana. (Había muerto muy de repente al final, decían).

Y una vez habían estado a punto de venir, pero habían pospuesto el viaje, con lo de la guerra y lo difícil que era viajar en estos días; nunca habían venido en todos estos años; solo le mandaban dinero; pero nunca escribían, nunca venían, y esperaban encontrar las cosas tal como las habían dejado, ¡ay, Dios mío!

Por qué los cajones del tocador estaban llenos de cosas (los abrió de un tirón), pañuelos, trozos de cinta. Sí, podía ver a la señora Ramsay cuando subía por la entrada con la colada.

—Buenas tardes, señora McNab —decía ella.

Tenía un trato muy agradable. A todas las muchachas les caía bien. Pero Dios mío, muchas cosas habían cambiado desde entonces (cerró el cajón); muchas familias habían perdido a sus seres más queridos.

Así que había muerto; y el señor Andrew muerto; y la señorita Prue muerta también, decían, con su primer hijo; pero todo el mundo había perdido a alguien en estos años. Los precios habían subido vergonzosamente, y tampoco volvían a bajar. Bien podía recordarla con su capa gris.

—Buenas tardes, señora McNab —dijo, y le indicó a la cocinera que le guardara un plato de sopa de leche; pensaba que buena falta le haría tras cargar con esa cesta pesada desde el pueblo—. Todavía podía verla, inclinada sobre sus flores (y tenue y titilante, como un rayo amarillo o el círculo al fondo de un telescopio, una dama con capa gris, inclinada sobre sus flores, vagaba por la pared del dormitorio, subía por el tocador, cruzaba el lavabo, mientras la señora McNab cojeaba y deambulaba, sacudiendo el polvo, ordenando).

¿Y el nombre de la cocinera ahora? ¿Mildred? ¿Marian?⁠—algún nombre así. Ah, se había olvidado⁠—se olvidaba de las cosas. Fiera, como todas las pelirrojas. Cuánto se habían reído. Siempre era bienvenida en la cocina. Los hacía reír, vaya que sí. Las cosas estaban mejor antes que ahora.

Ella suspiró; había demasiado trabajo para una sola mujer. Meneó la cabeza de un lado a otro.

Este había sido el cuarto de los niños. ¡Vaya, si estaba todo húmedo por aquí!; el yeso se estaba cayendo. ¿A qué se les ocurriría colgar ahí el cráneo de una bestia? mohoso también, además. Y ratas en todos los desvanes. Se filtraba la lluvia. Pero nunca mandaban; nunca venían. Algunas cerraduras se habían roto, así que las puertas daban portazos.

Tampoco le gustaba estar aquí arriba al anochecer a solas. Era demasiado para una sola mujer, demasiado, demasiado. Crujió, gimió. Dio un portazo. Dio vuelta a la llave en la cerradura y dejó la casa cerrada a cal y canto, bajo llave, sola.

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