Siempre, sentía la señora Ramsay, uno se libraba de la soledad a regañadientes asiéndose a cualquier menudencia, a un sonido, a una visión.
Escuchó, pero todo estaba muy tranquilo; el críquet había terminado; los niños se bañaban; solo se oía el sonido del mar. Dejó de hacer punto; sostuvo un instante en sus manos la larga media de color pardo rojizo que pendía de las agujas. Vio la luz de nuevo.
Con cierta ironía en su pregunta —pues cuando uno despertaba del todo, sus relaciones cambiaban—, contempló la luz constante, la despiadada, la implacable, que era tanto ella como tan poco ella, que la tenía a su entera disposición (se despertaba por la noche y la veía inclinada sobre la cama, acariciando el suelo); pero a pesar de todo, pensó, observándola con fascinación, hipnotizada, como si acariciara con sus dedos de plata algún recipiente sellado en su cerebro cuyo estallido la inundaría de dicha, había conocido la felicidad, la felicidad exquisita, la felicidad intensa, y esta argenteaba las olas bravas un poco más intensamente, a medida que la luz del día se desvanecía, y el azul se borraba del mar y este rompía en olas de un amarillo limón puro que se curvaban, se hinchaban y rompían en la playa, y el éxtasis le estallaba en los ojos y olas de puro deleite recorrían el suelo de su mente y ella sentía: ¡Es suficiente! ¡Es suficiente!
Él se dio la vuelta y la vio. ¡Ah! Era encantadora, más encantadora ahora de lo que jamás había pensado. Pero no podía hablarle. No podía interrumpirla. Deseaba con urgencia hablarle ahora que James se había ido y ella estaba sola por fin. Pero decidió que no; no la interrumpiría. Ella se mostraba distante de él ahora en su belleza, en su tristeza. La dejaría en paz, y pasó junto a ella sin decir palabra, aunque le dolía que ella luciera tan lejana, y él no pudiera alcanzarla, no pudiera hacer nada para ayudarla.