Y, al volverse para caminar en dirección contraria, cuesta arriba por el camino de entrada, el señor Bankes era consciente de cosas que no le habrían impresionado de no haberle revelado aquellas dunas de arena el cuerpo de su amistad yacente con el rojo en los labios conservada en turba—por ejemplo, Cam, la niña, la hija menor de Ramsay. * Estaba arrancando alhelíes en el talud. * Era indómita y feroz. * No quería «darle una flor al caballero» como le pedía la niñera. ¡No! ¡No! ¡No! ¡No quería! Apretaba el puño. Zapateaba. Y el señor Bankes se sentía viejo, entristecido y, de algún modo, reprendido por ella a causa de su amistad. Debía de haberse
Los Ramsay no eran ricos, y era un milagro cómo se apañaban para costearselo todo.
¡Ocho hijos! ¡Alimentar a ocho hijos con filosofía!
Aquí venía otro de ellos, esta vez Jasper, paseando para dispararle a un pájaro, según decía, con total despreocupación, bamboleando la mano de Lily como la palanca de una bomba al pasar, lo que hizo que el señor Bankes dijese, con amargura, que ella era una favorita.
Estaba la educación ahora a considerar (es verdad que la señora Ramsay tenía algo propio tal vez) por no hablar del desgaste diario de zapatos y medias que aquellos «grandes muchachos», todos bien crecido, angulosos, despiadados jovencitos, debían de necesitar. En cuanto a estar seguro de cuál era cuál, o en qué orden venían, eso le superaba. En privado los llamaba según los reyes y reinas de Inglaterra; Cam la Malvada, James el Despiadado, Andrew el Justo, Prue la Bella —pues Prue tendría belleza, pensaba, ¿cómo podría evitarlo?— y Andrew cerebro.