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nydus/To the LighthousePublic
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VII

rodillas, la sintió elevarse en un árbol frutal de flores rosadas cubierto de hojas y ramas danzantes en el que el pico de bronce, la cimienta árida de su padre, el hombre egoísta, se hundía y golpeaba, exigiendo simpatía.

Lleno de sus palabras, como un niño que se duerme satisfecho, dijo al fin, mirándola con humilde gratitud, restablecido, renovado, que daría una vuelta; se pondría a ver a los niños jugar al críquet.

Se fue.

Inmediatamente, la señora Ramsay pareció replegarse sobre sí misma, un pétalo cerrado sobre otro, y toda su estructura cayó exhausta sobre sí misma, de modo que solo le quedó la fuerza suficiente para mover un dedo, en exquisito abandono al agotamiento, a través de la página del cuento de hadas de Grimm, mientras latía en su interior, como el pulso en un manantial que se ha abierto por completo y ahora cesa suavemente de latir, el arrobamiento de la creación lograda.

Cada latido de este pulso parecía, a medida que él se alejaba, envolverla a ella y a su esposo, y dar a cada uno ese consuelo que dos notas distintas, una aguda, otra grave, tocadas juntas, parecen darse la una a la otra al combinarse.

Sin embargo, al apagarse la resonancia, y al volverse hacia el Cuento de Hadas de nuevo, la señora Ramsay no solo se sentía exhausta de cuerpo (después, no en el momento, siempre le pasaba esto), sino que además su fatiga física se teñía de una sensación ligeramente desagradable de otro origen. No es que, al leer en voz alta la historia de la mujer del pescador, supiera con precisión de dónde venía; ni tampoco se permitía expresar con palabras su descontento cuando se daba cuenta, al dar vuelta la página, al detenerse y escuchar sordamente, ominosamente, la caída de una ola, de cómo provenía de esto:

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