fardos de lana y barriles de manzanas, a causa de la pólvora que llevaba dentro.
—¿Quiere llevarme, señor Tansley? —dijo Lily, rápida y amablemente, porque, por supuesto, si la señora Ramsay le decía, como de hecho se lo decía: «Me estoy ahogando, querida, en mares de fuego. A menos que apliques algún bálsamo a la angustia de esta hora y le digas algo agradable a ese joven de ahí, la vida encallará en las rocas; de hecho, ahora mismo oigo el roce y el gruñido. Tengo los nervios tensos como cuerdas de violín. Otro toque y se romperán»—, cuando la señora Ramsay decía todo esto, tal como se lo decía con la mirada, por supuesto, por centésima cincuentagésima vez, Lily Briscoe tenía que renunciar al experimento—qué pasa si una no es simpática con ese joven de ahí— y ser simpática.
Juzgando con acierto el cambio en su estado de ánimo —que ahora le era favorable—, se vio libre de su egocentrismo y le contó cómo lo habían tirado de una barca cuando era un bebé; cómo su padre solía rescatarlo con un bichero; así es como había aprendido a nadar. Uno de sus tíos cuidaba el faro en algún peñasco de la costa escocesa, dijo. Había estado allí con él en plena tormenta. Esto lo dijo en voz alta, durante una pausa. Tuvieron que escucharle cuando contó que había estado con su tío en un faro durante una tormenta. ¡Ah!, pensó Lily Briscoe, mientras la conversación tomaba este rumbo propicio, y sintió la gratitud de la señora Ramsay (pues la señora Ramsay era libre ahora de hablar ella misma un momento); ¡ah!, pensó, pero ¿qué no habré pagado yo para conseguírtelo? No había sido sincera.
Había hecho el truco de siempre: ser amable. Ella nunca lo conocería. Él nunca la conocería. Las relaciones humanas eran todas así, pensaba, y las peores (si no hubiera sido por el señor Bankes) se daban entre hombres y mujeres. Inevitablemente, estas eran sumamente insinceras. Entonces su vista tropezó con el salero, que había colocado allí para que le sirviera de recordatorio, y recordó que a la mañana siguiente movería el árbol más