vez». Uno en una generación. ¿Se le puede culpar entonces si no es ese uno?, ¿siempre y cuando haya trabajado honradamente, dado lo mejor de sus fuerzas, hasta no tener ya nada más que dar?
¿Y cuánto dura su fama? Está permitido incluso para un héroe moribundo pensar antes de morir en cómo hablarán los hombres de él en el futuro. Su fama dura tal vez dos años mil. ¿Y qué son dos años mil? (preguntó el señor Ramsay irónicamente, mirando fijamente el seto).
¿Qué son, en verdad, si uno mira desde la cima de una montaña hacia los largos y yermos abismos de las eras? La misma piedra que uno patea con la bota sobrevivirá a Shakespeare. Su propia pequeña luz brillaría, no muy brillantemente, durante uno o dos años, y luego se fundiría en alguna luz más grande, y esta en otra aún mayor. (Miró hacia la oscuridad, hacia la complejidad de las ramitas).
¿Quién podría culpar entonces al líder de aquel grupo desamparado que, al fin y al cabo, ha subido lo suficiente como para ver el desierto de los años y la extinción de las estrellas, si antes de que la muerte le entumezca las extremidades impidiéndole todo movimiento, alza un poco y conscientemente sus dedos entumecidos hasta la frente, y endereza los hombros, para que cuando llegue la partida de búsqueda lo encuentre muerto en su puesto, la gallarda figura de un soldado?
El señor Ramsay enderezó los hombros y se quedó muy erguido junto a la urna.
¿Quién ha de culparlo si, estando así por un momento, se detiene en la fama, en los grupos de búsqueda, en los túmulos erigidos por seguidores agradecidos sobre sus huesos?