un lado y la vida por el otro, y siempre intentaba ganarle la partida, como la vida a ella; y a veces parlamentaban (cuando se sentaba a solas); recordaba que había grandes escenas de reconciliación; pero, en su mayor parte, por extraño que parezca, tenía que admitir que sentía aquello que llamaba vida como algo terrible, hostil y dispuesto a abalanzarse sobre ti si le dabas una oportunidad. Estaban los problemas eternos: el sufrimiento; la muerte; los pobres. Siempre había alguna mujer muriéndose de cáncer, incluso allí. Y, sin embargo, les había dicho a todos aquellos hijos: Tenéis que pasar por esto. A ocho personas se lo había dicho implacablemente (y la factura del invernadero ascendería a cincuenta libras). Por esa razón, sabiendo lo que les aguardaba —el amor, la ambición y la desdicha a solas en lugares sombríos—, tenía a menudo la sensación de que: ¿Por qué tenían que crecer y perderlo todo?
Y entonces se dijo a sí misma, esgrimiendo su espada contra la vida, tonterías. Serán perfectamente felices. Y allí estaba, reflexionó, sintiendo la vida de nuevo bastante siniestra, haciendo que Minta se casara con Paul Rayley; porque fuera lo que fuese lo que sintiera respecto a su propia transacción —y había tenido experiencias que no tenían por qué tocarle a todo el mundo (no se las nombraba a sí misma)—, se sentía impulsada, demasiado rápido, lo sabía, casi como si para ella también fuera una huida, a decir que la gente debe casarse; la gente debe tener hijos.
¿Se había equivocado en esto, se preguntó, repasando su conducta de la semana pasada o de la anterior, y preguntándose si en verdad había presionado a Minta, que solo tenía veinticuatro años, para que se decidiera? Estaba inquieta. ¿No se había estado riendo del asunto? ¿No volvía a olvidar cuán fuertemente influía en la gente? El matrimonio necesitaba—oh, toda clase de cualidades (la factura del invernadero ascendería a cincuenta libras); una—no hacía falta nombrarla—que era esencial; lo que ella tenía con su marido. ¿Tenían eso ellos?