Finalmente, ¿quién ha de culpar al líder de la expedición condenada si, habiéndose aventurado hasta el confín, y habiendo usado sus fuerzas por completo hasta la última onza y habiéndose quedado dormido sin importarle mucho si despierta o no, percibe ahora por un cosquilleo en los dedos de los pies que vive, y en conjunto no se opone a vivir, sino que exige compasión, y whisky, y alguien que le cuente la historia de su sufrimiento de inmediato? ¿Quién ha de culparlo? ¿Quién no se alegrará en secreto cuando el héroe se quita la armadura, se detiene junto a la ventana y contempla a su esposa y a su hijo, que muy distantes al principio, se acercan gradualmente más y más, hasta que labios, libro y cabeza están claramente ante él, aunque todavía encantadores y desconocidos por la intensidad de su aislamiento y el yermo de las eras y la destrucción de las estrellas, y finalmente guardándose la pipa en el bolsillo e inclinando su magnífica cabeza ante ella—quién ha de culparlo si rinde homenaje a la belleza del mundo?
Table of Contents
VI
48