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nydus/To the LighthousePublic
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XI

exultante. Había libertad, había paz y, lo más bienvenido de todo, una convocatoria unida, un descanso sobre una plataforma de estabilidad. Jamás se encontraba el descanso siendo uno mismo, según su experiencia (aquí hizo algo ágil con sus agujas), sino como una cuña de oscuridad. Al perder la personalidad, se perdían la zozobra, las prisas, la agitación; y siempre brotaba en sus labios alguna exclamación de triunfo sobre la vida cuando las cosas convergían en esta paz, en este descanso, en esta eternidad; y deteniéndose allí, miró hacia afuera para recibir aquel fogonazo del Faro, el fogonazo largo y constante, el último de los tres, que era su fogonazo, pues al observarlos en este estado de ánimo, siempre a esta hora, uno no podía evitar aferrarse a una cosa en particular de cuantas veía; y esta cosa, el fogonazo largo y constante, era su

A menudo se descubría a sí misma sentada y mirando, sentada y mirando, con la labor en las manos hasta que se convertía en aquello que miraba⁠—aquella luz, por ejemplo. Y esta alzaba en su interior alguna frasecita u otra que había estado rondando por su mente de ese modo⁠—«Los niños no olvidan, los niños no olvidan»⁠—, la cual repetía y empezaba a ampliar diciendo, Se acabará, se acabará, decía. Llegará, llegará, cuando de pronto añadió, Estamos en las manos del Señor.

Pero al instante se enojó consigo misma por haber dicho eso. ¿Quién lo había dicho? No ella; había sido atrapada para decir algo que no quería decir. Alzó la vista por encima de su labor y se encontró con el tercer fogonazo y le pareció como si sus propios ojos se encontraran con sus propios ojos, escudriñando como solo ella podía hacerlo en su mente y en su corazón, purificando hasta hacer desaparecer esa mentira, cualquier mentira. Se alabó a sí misma al alabar la luz, sin vanidad, pues era severa, era escrutadora, era hermosa como esa luz.

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