No, pensó, uniendo algunas de las imágenes que él había recortado —un refrigerador, una cortadora de césped, un caballero de etiqueta—, los niños nunca olvidan. Por esta razón, era tan importante lo que uno decía y lo que uno hacía, y era un alivio cuando se iban a la cama.
Por ahora no necesitaba pensar en nadie. Podía ser ella misma, estar sola. Y eso era lo que ahora sentía a menudo la necesidad de hacer: pensar; bueno, ni siquiera pensar. Estar en silencio; estar sola. Todo el ser y el hacer, expansivos, relucientes, ruidosos, se evaporaban; y uno se encogía, con una sensación de solemnidad, hasta convertirse en uno mismo, un núcleo de oscuridad en forma de cuña, algo invisible para los demás. Aunque seguía con su labor de punto y se sentía erguida, así era como se sentía a sí misma; y este yo, habiéndose desprendido de sus ataduras, quedaba libre para las aventuras más extrañas.
Cuando la vida decaía un momento, el abanico de experiencias parecía ilimitado. Y para todos existía siempre esta sensación de recursos ilimitados, suponía ella; uno tras otro, ella, Lily, Augustus Carmichael, debían de sentir, nuestras apariciones, las cosas por las que nos conocéis, son simplemente pueriles.
Bajo todo ello es oscuro, todo se extiende, es insondablemente profundo; pero de vez en cuando subimos a la superficie y eso es por lo que nos veis.
Su horizonte le parecía ilimitado. Estaban todos los lugares que no había visto; las llanuras indias; se sentía a sí misma descorriendo la pesada cortina de cuero de una iglesia en Roma. > Este núcleo de oscuridad podía ir a cualquier parte, pues nadie lo veía. No podían detenerlo, pensó,