de modo que el monótono caer de las olas en la playa, que en su mayor parte marcaban un compás medido y tranquilizador para sus pensamientos y parecían repetir consoladoramente una y otra vez mientras estaba sentada con los niños las palabras de alguna vieja canción de cuna, susurrada por la naturaleza: «Te estoy protegiendo, soy tu apoyo», pero que en otras ocasiones de repente y sin esperarlo, especialmente cuando su mente se apartaba ligeramente de la tarea que tenía entre manos, no tenían un significado tan bondadoso, sino que como un redoble de tambor fantasmal marcaban sin piedad el compás de la vida, hacían pensar en la destrucción de la isla y su hundimiento en el mar, y le advertían a ella, cuyo día se había escurrido en un rápido quehacer tras otro, que todo era efímero como un arco iris; este sonido que había quedado oscurecido y oculto bajo los otros sonidos tronó de repente con eco hueco en sus oídos y la hizo levantar la vista con un impulso de terror.
Habían dejado de hablar; esa era la explicación. Cayendo en un segundo desde la tensión que la había aprisionado hasta el otro extremo que, como para resarcirla de su innecesario gasto de emoción, era fresco, divertido y hasta tenuemente malicioso, concluyó que el pobre Charles Tansley había sido descartado. Eso le importaba poco. Si su marido exigía sacrificios (y vaya que los exigía), ella le ofrecía de buen grado a Charles Tansley, que había despreciado a su hijito.
Un momento más, con la cabeza levantada, escuchó, como si esperara algún sonido habitual, algún sonido mecánico regular; y luego, al oír algo rítmico, medio dicho, medio entonado, que empezaba en el jardín, mientras su marido iba y venía por la terraza, algo entre un croar y una canción, se calmó una vez más, convencida de nuevo de que todo iba bien, y mirando el libro que tenía en las rodillas encontró la imagen de una navaja de seis hojas que solo se podría recortar si James tenía mucho cuidado.