Pues Cam rozó el caballete por una pulgada; no se detendría por el señor Bankes y Lily Briscoe; aunque el señor Bankes, a quien le habría gustado tener una hija propia, tendió la mano; no se detendría por su padre, a quien también rozó por una pulgada; ni por su madre, que gritó: «¡Cam! ¡Te necesito un momento!» mientras ella pasaba a toda carrera.
Eitó como un pájaro, una bala o una flecha, impulsada por qué deseo, disparada por quién, hacia dónde dirigida, ¿quién podría decirlo? ¿Qué, qué?, reflexionó la señora Ramsay, observándola. Podría ser una visión—de una concha, de una carretilla, de un reino de hadas al otro lado del seto—; o podría ser la gloria de la velocidad; nadie lo sabía.
Pero cuando la señora Ramsay gritó «¡Cam!» por segunda vez, el proyectil cayó en plena trayectoria y Cam volvió rezagada, arrancando una hoja por el camino, hacia su madre.
¿Con qué estaría soñando, se preguntó la señora Ramsay, al verla tan absorta, mientras estaba allí, en sus propios pensamientos, de modo que tuvo que repetir el recado dos veces —preguntarle a Mildred si Andrew, la señorita Doyle y el señor Rayley han vuelto?—. Las palabras parecían dejarse caer en un pozo donde, si las aguas eran claras, también eran tan extraordinariamente distorsionantes que, incluso mientras descendían, se las veía retorcerse para formar vaya a saber qué diseño en el fondo de la mente de la niña. ¿Qué mensaje le daría Cam a la cocinera?, se preguntó la señora Ramsay. Y en verdad fue solo esperando pacientemente, y oyendo que había una vieja en la cocina con las mejillas muy rojas, tomando sopa de un tazón, que la señora Ramsay al fin incitó aquel instinto de cotorra que había recogido las palabras de Mildred con toda exactitud y ahora podía reproducirlas, si uno esperaba, en un canturreo descolorido. Cambiando el peso de un pie a otro, Cam repitió las palabras: «No, no han vuelto, y le he dicho a Ellen que recoja el té».