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nydus/To the LighthousePublic
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VII

Pero su hijo lo odiaba. Lo odiaba por habérseles acercado, por detenerse y mirarlos desde arriba; lo odiaba por interrumpirlos; lo odiaba por la exaltación y la sublimidad de sus gestos; por la magnificencia de su cabeza; por su exigencia y su egoísmo (porque allí estaba, ordenándoles que le prestaran atención); pero por encima de todo odiaba el deje y el trino de la emoción de su padre que, vibrando a su alrededor, perturbaba la perfecta sencillez y el sensato equilibrio de su relación con su madre.

Mirando fijamente la página, esperaba hacer que siguiera su camino; señalando una palabra con el dedo, esperaba reclamar la atención de su madre, la cual, lo sabía con irritación, flaqueaba en cuanto su padre se detenía.

Pero no. Nada lograría que el señor Ramsay se fuera. Allí estaba, exigiendo simpatía.

Mrs. Ramsay, que había estado sentada holgadamente, envolviendo a su hijo en su brazo, se preparó y, medio girando, pareció erguirse con un esfuerzo y verter de inmediato en el aire una lluvia de energía, una columna de rocío, luciendo al mismo tiempo animada y viva como si todas sus energías se estuvieran fundiendo en fuerza, ardiendo e iluminando (por muy tranquilamente que estuviera sentada, retomando su media), y en esta deliciosa fecundidad, esta fuente y rocío de vida, la esterilidad fatal del macho se abalanzó, como un pico de bronce, estéril y desnudo. Quería simpatía. Era un fracasado, decía. Mrs. Ramsay hizo centellear sus agujas. Mr. Ramsay repitió, sin apartar jamás los ojos de su rostro, que era un fracasado. Ella le devolvió las palabras de un soplo. —Charles Tansley… —dijo. Pero él necesitaba más que eso. Era simpatía lo que quería, que se le asegurara su genio, antes que nada, y luego ser acogido en el círculo de la vida, calentado y calmado, que le devolvieran

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