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nydus/To the LighthousePublic
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II

Parecía haberse encogido un poco, pensó. Tenía un aspecto un poco escueto, etéreo; pero no desagradable. Le caía bien. Se había rumoreado que alguna vez se casaría con William Bankes, pero no había llegado a nada. A su mujer le tenía cariño.

También había estado de un humor un poco áspero en el desayuno. Y luego, y luego⁠—este era uno de esos momentos en los que una necesidad enorme lo impulsaba, sin ser consciente de qué era, a acercarse a cualquier mujer, a obligarlas, no le importaba cómo, su necesidad era tan grande, a darle lo que quería: simpatía.

¿Había alguien cuidando de ella? —dijo—. ¿Tenía todo lo que quería?

—Oh, gracias, todo —dijo Lily Briscoe nerviosa. No; no podía hacerlo. Debería haberse dejado llevar al instante por alguna ola de expansión simpática: la presión sobre ella era tremenda. Pero se quedó estancada. Hubo una pausa espantosa. Ambos miraron al mar. ¿Por qué, pensó el señor Ramsay, tendría que mirar el mar cuando yo estoy aquí? Esperaba que estuviera lo bastante calmado para desembarcar en el Faro, dijo. ¡El Faro! ¡El Faro! ¿Qué tiene eso que ver con el asunto? pensó con impaciencia. Al instante, con la fuerza de una ráfaga primordial (pues la verdad es que ya no pudo contenerse más), brotó de él un gemido tal que cualquier otra mujer en todo el mundo habría hecho algo, dicho algo⁠—excepto yo, pensó Lily, fustigándose con amargura, que no soy una mujer, sino una solterona cascarrabias, de mal genio y reseca, supuestamente.

El señor Ramsay suspiró a más no poder. Esperó. ¿No iba a decir nada? ¿No veía lo que él quería de ella?

Luego dijo que tenía una razón particular para querer ir al Faro. Su esposa solía mandarles cosas a los hombres. Había un muchacho pobre con tuberculosis en la cadera, el hijo del torrero.

Suspiró profundamente. Suspiró de manera significativa.

Todo lo que Lily deseaba era que este enorme torrente de dolor, esta insaciable hambre de simpatía, esta exigencia de que ella se entregara a él por completo —y aun así él tenía penas suficientes para mantenerla abastecida por siempre— la abandonara, se desviara (no dejaba de mirar hacia la casa, esperando una interrupción) antes de llevársela por delante en su corriente.

—Tales expediciones —dijo el señor Ramsay, raspando el suelo con la punta del zapato— son muy dolorosas.

Lily seguía sin decir nada. (Es un tronco, es una piedra, se dijo a sí mismo.)

—Son muy agotadoras —dijo, mirando sus hermosas manos con una expresión enfermiza que a ella le revolvía el estómago (estaba actuando, sentía ella, aquel gran hombre se estaba dramatizando a sí mismo).

Era horrible, era indecente. ¿No iban a venir nunca, se preguntó, pues ya no podía soportar ni un instante más este enorme peso de tristeza, sostener estos pesados ropajes del dolor (había adoptado una postura de extrema decrepitud; incluso se tambaleaba un poco mientras permanecía allí de pie)?

Aun así no acertaba a decir nada; todo el horizonte parecía desprovisto de temas de conversación; solo podía sentir, con asombro, mientras el señor Ramsay permanecía allí de pie, cómo su mirada parecía posarse con desconsuelo sobre la hierba soleada y descolorida, y arrojar sobre la figura rubicunda, modorra y plenamente satisfecha del señor Carmichael, que leía una novela francesa en una tumbona, un velo de crespón, como si semejante existencia, haciendo alarde de su prosperidad en un mundo de dolor, bastara para evocar los pensamientos más lúgubres de todos.

Mírenlo, parecía estar diciendo, mírense en mí; y, en realidad, durante todo ese tiempo lo que estaba sintiendo era: Piénsenme, piensen en mí.

Ah, si tan solo se pudiera arrastrar aquel bulto hasta quedar junto a ellos, deseaba Lily; si tan solo hubiera plantado su caballete un par de yardas más cerca de él; un hombre, cualquier hombre, detendría esta efusión, pondría fin a estas lamentaciones. Una mujer, ella había provocado este horror; siendo mujer, debería haber sabido cómo lidiar con ello. Era inmensamente vergonzoso para ella, como mujer, quedarse allí muda.

Uno decía⁠—¿qué era lo que se decía?⁠—¡Oh, señor Ramsay! ¡Querido señor Ramsay! Eso es lo que esa amable anciana que pintaba, la señora Beckwith, habría dicho al instante, y con razón.

Pero no. Permanecían allí, aislados del resto del mundo. Su inmensa autocompasión, su demanda de simpatía se derramaba y extendía en charcos a sus pies, y todo lo que ella hacía, miserable pecadora que era, era recoger un poco más sus faldas alrededor de los tobillos, no fuera a mojarse.

En completo silencio se quedó allí, aferrando su pincel.

¡Jamás se alabaría bastante al cielo! Oyó ruidos en la casa. James y Cam debían de estar llegando. Pero el Sr. Ramsay, como si supiera que el tiempo se le agotaba, ejerció sobre su solitaria figura la inmensa presión de su desconsuelo concentrado; su vejez; su fragilidad; su desolación; cuando de repente, sacudiendo la cabeza con impaciencia, molesto —pues, a fin de cuentas, ¿qué mujer podría resistírsele?—, advirtió que llevaba los cordones de las botas desatados. Unas botas notables también, pensó Lily, mirándolas hacia abajo: escultóricas; colosales; como todo lo que llevaba el Sr. Ramsay, desde su corbata deshilachada hasta su chaleco abrochado a medias, indiscutiblemente suyas. Podía verlas caminando hacia su habitación por su propia voluntad, expresivas en su ausencia de patetismo, hosquedad, mal humor, encanto.

“¡Qué botas tan hermosas!”, exclamó ella.

Se sentía avergonzada de sí misma. Alabar sus botas cuando él le había pedido que consolara su alma; cuando le había mostrado sus manos sangrantes, su corazón lacerado, y le había pedido que se compadeciera de ellos, decirle entonces, con alegría: “¡Ah, pero qué botas tan hermosas llevas!”, merecía, bien lo sabía —y levantó la vista esperando recibirlo, en uno de sus repentinos rugidos de mal humor—, la aniquilación total.

En su lugar, el señor Ramsay sonrió. Su luto, sus ropajes, sus debilidades se desprendieron de él.

Ah, sí, dijo, levantando el pie para que ella lo mirara, eran botas de primera clase. Solo había un hombre en Inglaterra capaz de hacer unas botas así.

Las botas se cuentan entre las peores maldiciones de la humanidad, dijo.

«Los hormeros se empeñan —exclamó— en deformar y torturar el pie humano».

También son los hombres más obstinados y perversos del mundo. Le había costado lo mejor de su juventud conseguir que le hicieran las botas como debían hacerse. Quería que ella observara (levantó el pie derecho y luego el izquierdo) que jamás había visto unas botas de semejante forma.

Estaban hechas, además, con el mejor cuero del mundo. La mayor parte del cuero no era más que papel de estraza y cartón. Miró con complacencia su pie, que aún mantenía en el aire.

Habían llegado, sintió ella, a una isla soleada donde habitaba la paz, reinaba la sensatez y el sol brillaba por siempre, la bendita isla de las buenas botas. Su corazón se encariñó con él.

—A ver ahora si sabes hacer un nudo —dijo.

Descartó con desdén su débil sistema. Le enseñó su propio invento. Una vez que lo atabas, jamás se deshacía. Tres veces le ató el zapato; tres veces lo desató.

¿Por qué, en este momento completamente inoportuno, cuando él se inclinaba sobre su zapato, se sentía tan atormentada por la compasión hacia él que, al inclinarse ella también, la sangre le subió a las rostros, y, pensando en su insensibilidad (lo había llamado comediante), sintió que los ojos se le hinchaban y picaban de lágrimas? Así ocupado le parecía una figura de infinita compasión. Ataba nudos. Compraba botas. No había cómo ayudar al señor Ramsay en el viaje que estaba emprendeindo. Pero ahora, justo cuando ella deseaba decir algo, tal vez podría haber dicho algo, aquí estaban —Cam y James. Aparecieron en la terraza. Venían, rezagados, lado a lado, una pareja seria y melancólica.

¿Pero por qué venían de ese modo? No pudo evitar sentirse molesta con ellos; podrían haber venido con más alegría; podrían haberle dado lo que, ahora que ya se habían marchado, ella no tendría la oportunidad de darle.

Pues sintió un vacío repentino; una frustración. Su sentimiento había llegado demasiado tarde; ahí estaba, a punto; pero él ya no lo necesitaba. Se había convertido en un hombre muy distinguido, de edad avanzada, que no tenía la menor necesidad de ella. Se sintió menospreciada.

Se echó una mochila al hombro. Repartió los paquetes —había varios, mal atados, envueltos en papel de estraza—. Mandó a Cam por una capa. Tenía toda la apariencia de un líder preparándose para una expedición. Luego, dando media vuelta, abrió el paso con su firme paso militar, con aquellas botas maravillosas, cargando con paquetes de papel de estraza, sendero abajo, con sus hijos siguiéndole.

Parecían, pensó, como si el destino los hubiera consagrado a alguna empresa severa, y marchaban hacia ella, aún lo suficientemente jóvenes como para dejarse arrastrar sumisos a la zaga de su padre, obedientes, pero con una palidez en la mirada que le hacía sentir que sufrían en silencio algo impropio de su edad.

Así pasaron el borde del césped, y a Lily le pareció presenciar una procesión que se alejaba, impulsada por alguna tensión de sentimiento común que hacía de ella, vacilante y decaída como era, una pequeña compañía unida y extrañamente impresionante para ella.

Con cortesía, pero con mucha distancia, el señor Ramsay alzó la mano y la saludó al pasar.

Pero ¡qué rostro!, pensó, sintiendo de inmediato que la compasión que no se le había pedido exigía ser expresada. ¿Qué lo había puesto así? Pensando, noche tras noche, suponía ella; sobre la realidad de las mesas de cocina, añadió, recordando el símbolo que, en su vaga idea de lo que el señor Ramsay pensaba sobre Andrew, se le había ocurrido. (Había muerto instantáneamente por la esquirla de una granja, recordó).

La mesa de la cocina era algo visionario, austero; algo desnudo, duro, nada ornamental. No tenía color; todo en ella eran bordes y ángulos; era implacablemente sencilla.

Pero el señor Ramsay mantenía siempre los ojos fijos en ella, sin permitirse jamás distraerse o dejarse engañar, hasta que su rostro también se volvió demacrado y ascético y participó de esta belleza desprovista de ornamentos que a ella tanto la impresionaba.

Luego, recordó (de pie en el lugar donde él la había dejado, sosteniendo el pincel), las preocupaciones lo habían desgastado⁠—no de forma tan noble.

Debía de haber tenido sus dudas acerca de aquella mesa, supuso; si la mesa era una mesa de verdad; si valía el tiempo que le dedicaba; si después de todo era capaz de encontrarla.

Había tenido dudas, sentía ella, o habría exigido menos de la gente. De eso hablaban a veces tarde por la noche, sospechaba; y luego, al día siguiente, la señora Ramsay se veía cansada, y Lily montaba en cólera con él por cualquier tontería absurda.

Pero ahora no tenía con quién hablar de aquella mesa, ni de sus botas, ni de sus nudos; y era como un león hambriento de presa, y su rostro tenía ese matiz de desesperación, de exageración en él que la alarmaba, y la hacía recogerse las faldas.

Y luego, recordaba, se produjo esa súbita revitalización, esa repentina llamarada (cuando ella alabó sus botas), esa repentina recuperación de la vitalidad y del interés por las cosas humanas ordinarias, que también pasó y cambió (pues él siempre estaba cambiando, y no ocultaba nada) en esa otra fase final que era nueva para ella y que, lo confesaba, la había hecho avergonzarse de su propia irritabilidad, cuando parecía como si se hubiera despojado de las preocupaciones y las ambiciones, y de la esperanza de simpatía y del deseo de alabanza, hubiera entrado en alguna otra región, se sintiera atraído, como por curiosidad, en un coloquio mudo, ya fuera consigo mismo o con otro, a la cabeza de esa pequeña procesión fuera del alcance de uno.

¡Un rostro extraordinario!

La verja dio un portazo.

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