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nydus/To the LighthousePublic
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IX

Sí —dijo el señor Bankes, viéndole marchar—. Es una lástima infinita.

(Lily había dicho algo sobre el miedo que le daba; él cambiaba de humor con tanta repentina brusquedad).

Sí —dijo el señor Bankes—, es una lástima infinita que Ramsay no pudiera portarse un poco más como los demás. (Pues le gustaba Lily Briscoe; podía hablar con ella de Ramsay con absoluta franqueza). Por ese motivo —dijo—, los jóvenes no leen a Carlyle. Un gruñón cascarrabias que perdía los estribos si las gachas estaban frías, ¿por qué iba a darnos sermones?, era lo que el señor Bankes entendía que decían los jóvenes hoy en día. Era una lástima infinita si uno pensaba, como él, que Carlyle era uno de los grandes maestros de la humanidad.

A Lily le daba vergüenza confesar que no había leído a Carlyle desde sus tiempos de escuela. Pero, en su opinión, a uno le caía aún mejor el señor Ramsay por pensar que, si le dolía el dedo meñique, el mundo entero tenía que venirse abajo. No era que a ella le importara. Pues ¿quién podía dejarse engañar por él? Te pedía con toda franqueza que lo halagaras, que lo admiraras, sus pequeños ardides no engañaban a nadie. Lo que a ella le desagradaba era su estrechez de miras, su ceguera —dijo, mirándole cómo se alejaba—.

—¿Un tanto hipócrita? —sugería el señor Bankes, mirando también la espalda del señor Ramsay, pues ¿acaso no estaba pensando en su amistad, y en que Cam se negaba a darle una flor, y en todos aquellos muchachos y muchachas, y en su propia casa, llena de comodidades, pero, desde la muerte de su esposa, más bien silenciosa? Por supuesto, tenía su trabajo. … Con todo, prefería que Lily concordara en que Ramsay era, como decía, «un tanto hipócrita».

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