—Pero —dijo su padre, deteniéndose frente a la ventana del salón—, no hará buen tiempo.
De haber tenido un hacha a mano, un tizonero o cualquier arma que le hubiera abierto un boquete en el pecho a su padre y lo hubiera matado allí mismo, James la habría cogido.
Tales eran los extremos de emoción que el señor Ramsay suscitaba en el pecho de sus hijos con su mera presencia; de pie, como ahora, magro como un cuchillo, angosto como la hoja de uno, con una sonrisa sarcástica, no solo por el placer de desilusionar a su hijo y ridiculizar a su esposa, que era diez mil veces mejor que él en todos los sentidos (pensaba James), sino también por cierta vanidad secreta en su propia exactitud de juicio.
Lo que decía era verdad. Era siempre verdad. Era incapaz de la falsedad; jamás tergiversaba un hecho; jamás alteraba una palabra desagradable para complacer o acomodar a ningún ser mortal, y menos que a nadie a sus propios hijos, quienes, engendrados en sus entrañas, debían saber desde la infancia que la vida es difícil; los hechos, inflexibles; y el trayecto hacia esa tierra fabulosa donde nuestras más gratas esperanzas se extinguen, nuestras frágiles embarcaciones naufragan en la oscuridad (aquí el señor Ramsay enderezaba la espalda y entornaba sus pequeños ojos azules hacia el horizonte), un trayecto que exige, por encima de todo, valor, verdad y la capacidad de resistir.
“Pero puede que esté bien—supongo que estará bien”, dijo la señora Ramsay, dando una pequeña vuelta impaciente a la media de color castaño rojizo que estaba tejiendo. Si la terminaba esa misma noche, si al fin iban al Faro, se la regalarían al farero para su hijito, que padecía de la cadera de tuberculosis; junto con un montón de revistas viejas y algo de tabaco, en realidad cualquier cosa que encontrara por ahí, que no hiciera mucha falta y solo estorbara en la