hablar más tarde cuando vieran la luz los Prolegomena —de los cuales el señor Tansley llevaba consigo las primeras páginas en pruebas por si el señor Ramsay quería echarles un vistazo— sobre alguna rama de las matemáticas o la filosofía. De eso hablaban.
Ella misma no podía evitar reírse a veces. El otro día dijo algo sobre «olas de la altura de las montañas».
Sí —dijo Charles Tansley—, estuvo un poco agitado.
«¿No está empapado hasta los huesos?», le había dicho ella.
«Húmedo, no mojado del todo», dijo el señor Tansley, pellizcándose la manga, tocándose los calcetines.
Pero no era que les importara, decían los niños. No era su cara; no eran sus modales. Era él, su perspectiva. Cuando hablaban de algo interesante, personas, música, historia, de lo que fuera, incluso si decían que era una hermosa tarde y que por qué no se sentaban al aire libre, de lo que se quejaban entonces respecto a Charles Tansley era de que, hasta que no le daba la vuelta a todo y hacía que de algún modo se reflejara en él y los menospreciara a ellos, hasta que no los ponía a todos de los nervios de algún modo con su manera ácida de arrancarle la carne y la sangre a todo, no quedaba satisfecho. E iba a las galerías de pintura, decían, y le preguntaba a una si le gustaba su corbata. Dios sabe, dijo Rose, que a una no le gustaba.
Desapareciendo tan sigilosamente como los ciervos de la mesa en cuanto terminó la comida, los ocho hijos e hijas del señor y la señora Ramsay buscaron sus dormitorios, sus reductos en una casa donde no había ninguna otra privacidad para debatir algo, todo; la corbata de Tansley; la aprobación de la Ley de Reforma; aves marinas y mariposas; personas;