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nydus/To the LighthousePublic
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VIII

No dijo nada. Tomó opio. Los niños decían que se había teñido la barba de amarillo con aquello. Quizás.

Lo que para ella era evidente era que el pobre hombre era infeliz, venía a ellos todos los años como una vía de escape; y, sin embargo, todos los años sentía lo mismo: él no confiaba en ella.

Ella dijo: «Voy al pueblo. ¿Te traigo sellos, papel, tabaco?» y lo sintió estremecerse. Él no confiaba en ella.

Fue obra de su esposa. Recordaba aquella iniquidad de su esposa hacia él, que la había hecho volverse de acero y de diamante allí, en la horrible salita de St. John’s Wood, cuando con sus propios ojos había visto a esa odiosa mujer echarlo de la casa.

Iba desaliñado; se le caían cosas en la chaqueta; tenía la pesadez de un viejo que no tiene nada en el mundo que hacer; y ella lo echó de la habitación. Dijo, a su manera odiosa: «Ahora, la señora Ramsay y yo queremos charlar un poquito a solas», y la señora Ramsay podía ver, como si lo tuviera ante los ojos, las innumerables miserias de su vida.

¿Tenía suficiente dinero para comprar tabaco? ¿Tenía que pedírselo a ella? ¿Media corona? ¿Dieciocho peniques? Oh, no podía soportar pensar en las pequeñas indignidades que ella le hacía sufrir.

Y ahora siempre (no alcanzaba a adivinar por qué, salvo que tal vez viniera de aquella mujer de algún modo) él se apartaba de ella. Jamás le contaba nada. Pero ¿qué más podría haber hecho ella? * Había una habitación soleada destinada para

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