lo contaría a Prue. Lo que le habría gustado, supuso, habría sido decir que había ido a ver a Ibsen con los Ramsay. Era un tipo estirado y redomado —oh, sí, un plasta insoportable.
Porque, aunque habían llegado ya al pueblo y estaban en la calle principal, con los carros chirriando al pasar sobre los adoquines, él seguía hablando, sobre colonias, y enseñanza, y obreros, y ayuda a nuestra propia clase, y conferencias, hasta que ella dedujo que había recuperado por completo la confianza en sí mismo, se había repuesto del circo, y estaba a punto (y ahora de nuevo le caía muy bien) de contarle... pero en ese momento, retirándose las casas a ambos lados, salieron al muelle, y toda la bahía se abrió ante ellos y la señora Ramsay no pudo evitar exclamar: «¡Oh, qué hermoso!».
Porque tenía delante el gran plato de agua azul; el viejo Faro, distante, austero, en medio; y a la derecha, hasta donde alcanzaba la vista, difuminándose y cayendo, en suaves y bajos pliegues, las dunas de arena verde con sus hierbas silvestres y ondulantes, que siempre parecía que huían hacia algún país lunar, deshabitado por los hombres.