Ella lo sabía todo sobre eso, dijo la señora Ramsay. No hablaba de otra cosa. Trataba sobre la influencia de alguien en algo. —Bueno, es con lo único que cuenta —dijo el señor Ramsay. —¡Dios quiera que no se enamore de Prue! —dijo la señora Ramsay. La desheredaría si se casaba con él, dijo el señor Ramsay.
No miraba las flores, que su esposa estaba contemplando, sino un punto situado a un pie o algo así por encima de ellas.
No había maldad en él, añadió, y estaba a punto de decir que de todos modos él era el único joven en Inglaterra que admiraba su... cuando se lo tragó de golpe. No volvería a molestarla con sus libros.
Estas flores parecían dignas de crédito, dijo el señor Ramsay, bajando la mirada y advirtiendo algo rojo, algo marrón. Sí, pero es que estas las había puesto ella con sus propias manos, dijo la señora Ramsay. La cuestión era qué pasaba si enviaba bulbos abajo; ¿los plantaba Kennedy?
Era su pereza incurable, añadió, mientras seguía andando. Si se quedaba todo el día junto a él con una pala en la mano, a veces hacía un mísero esfuerzo.
Así iban paseando hacia los tritomas.
—Les estás enseñando a tus hijas a exagerar —dijo el señor Ramsay, reprochándola. Su tía Camilla era mucho peor que ella, comentó la señora Ramsay. —Nadie ha presentado jamás a tu tía Camilla como un modelo de virtud, que yo sepa —dijo el señor Ramsay. —Era la mujer más hermosa que jamás he visto —dijo la señora Ramsay.