hasta el viejo Badger, sin un diente en la boca, le había mordido por ser (como decía Nancy) el centésimo décimo joven en perseguirles hasta las Hébridas cuando era muchísimo mejor estar solos.
—Tonterías —dijo la señora Ramsay con gran severidad. Aparte del hábito de exageración que le habían heredado, y de la insinuación (que era cierta) de que invitaba a demasiada gente a quedarse y tenía que alojar a algunos en el pueblo, no soportaba la falta de cortesía hacia sus invitados, hacia los jóvenes en particular, que eran más pobres que las ratas, «excepcionalmente capaces», según decía su esposo, grandes admiradores suyos, y que habían venido allí a pasar las vacaciones. En efecto, tenía a todo el sexo masculino bajo su protección; por razones que no sabía explicar, por su caballerosidad y su valor, por el hecho de que negociaban tratados, gobernaban la India, controlaban las finanzas; y, por último, por una actitud hacia ella misma que ninguna mujer podía dejar de percibir o de encontrar agradable, algo confiado, aniñado, reverente, que una anciana podía aceptar de un joven sin pérdida de dignidad, y ¡ay de la chica —¡cielo santo, rogaba que no fuera ninguna de sus hijas!— que no sintiera el valor de aquello, y todo lo que implicaba, hasta la médula de los huesos.
Se volvió con severidad hacia Nancy. No los había perseguido, dijo. Se lo habían pedido.
Debían encontrar una salida a todo aquello. Tal vez hubiera algún modo más sencillo, menos laborioso, suspiró. Cuando se miraba al espejo y veía el pelo gris, las mejillas hundidas, a los cincuenta, pensaba que posiblemente habría sabido arreglárselas mejor —con su marido, el dinero, sus libros—. Pero, por lo que a ella respectaba, ni por un solo segundo se arrepentiría de su decisión, ni eludiría las dificultades, ni pasaría por alto sus deberes.