¿No era secretamente esto lo que quería y por eso, cuando el señor Carmichael se alejaba de ella encogido, como lo hacía en ese momento, huyendo a algún rincón donde hacía crucigramas sin fin, no se sentía meramente rechazada en su instinto, sino consciente de la pequeñez de una parte de ella, y de las relaciones humanas, de cuán imperfectas son, cuán despreciables, cuán egoístas, en su mejor momento?
Dordrio y ajada, y presumiblemente ya no (tenía las mejillas hundidas, el cabello blanco) un espectáculo que llenara los ojos de alegría, más le valdría dedicar su mente al cuento del pescador y su mujer y aquietar así a ese manojo de sensibilidad (ninguno de sus hijos era tan sensible como él) que era su hijo James.
—El corazón del hombre se sintió agobiado —leyó en voz alta—, y no quiso ir. Se dijo a sí mismo: «No está bien», y sin embargo fue. Y cuando llegó al mar, el agua era de un púrpura intenso y azul oscuro, y gris y espesa, y ya no tan verde y amarilla, pero seguía estando en calma. Y se detuvo allí y dijo—
La señora Ramsay habría deseado que su esposo no hubiera elegido ese momento para detenerse. ¿Por qué no se había ido, como había dicho, a ver a los niños jugar al críquet? Pero no habló; miró; asintió; aprobó; continuó su camino.
Resbaló al ver ante sí aquel seto que una y otra vez había acotado alguna pausa, significado alguna conclusión, al ver a su esposa y a su hijo, al ver de nuevo las urnas con los geranios rojos colgantes que tantas veces habían decorado procesos de pensamiento, y llevaban, escritos entre sus hojas, como si fuesen trozos de papel en los que uno garabatea notas en el fragor de la lectura—resbaló, al ver todo esto, suavemente hacia la especulación sugerida por un artículo de The Times sobre el número de estadounidenses que visitan la casa de Shakespeare cada año. Si Shakespeare nunca hubiera existido, se preguntó, ¿se habría diferenciado