Esteras, catres, locos fantasmas de sillas y mesas cuya vida londinense de servicio había terminado—aquí servían bastante bien; y una o dos fotografías, y libros.
Los libros, pensaba, crecían por sí solos. Nunca tenía tiempo de leerlos. ¡Ay! incluso los libros que le habían regalado, y dedicado de puño y letra por el mismísimo poeta:
«Para aquella cuyas órdenes deben cumplirse» … «La más feliz Helena de nuestros días» …
es vergonzoso decirlo, nunca los había leído. Y Croom sobre la mente y Bates sobre las costumbres salvajes de la Polinesia («Querida, quédate quieta», dijo)—ninguno de esos se podía mandar al Faro.
En algún momento, suponía, la casa se volvería tan desvencijada que habría que hacer algo. Si se les pudiera enseñar a limpiarse los pies y a no meter la playa dentro con ellos, eso ya sería algo. Los cangrejos, tenía que reconocerlo, si Andrew de verdad quería diseccionarlos, o si Jasper creía que se podía hacer sopa con algas, no se podía evitar; o los objetos de Rose: conchas, juncos, piedras; porque eran talentosos, sus hijos, pero todos de maneras muy distintas. Y el resultado de todo ello, suspiró, abarcando con la mirada toda la habitación del suelo al techo, mientras sostenía la media contra la pierna de James, era que las cosas se iban ajando más y más verano tras verano. La estera se estaba decolorando; el papel pintado colgaba a jirones. Ya ni se distinguía que aquello fueran rosas. Aun así, si todas las puertas de una casa se dejan permanentemente abiertas y ningún cerrajero en toda Escocia puede arreglar un pestillo, las cosas tienen que estropearse.
¿De qué servía echar un chal de cachemira verde por el borde del marco de un cuadro? En dos semanas tendría el color de la sopa de guisantes. Pero lo que la irritaba eran las puertas; todas las puertas se dejaban abiertas. Escuchó. La puerta del salón estaba abierta; la puerta del