de ese instante entre la imagen y su lienzo cuando la atacaban los demonios que a menudo la ponían al borde de las lágrimas y hacían que este paso de la concepción a la obra fuera tan aterrador como el recorrido de un niño por un pasaje oscuro. Tal se sentía ella a menudo, luchando contra probabilidades formidables para mantener su valor; para decir: «Pero esto es lo que veo; esto es lo que veo», y aferrar así contra su pecho algún mísero vestigio de su visión, que mil fuerzas hacían lo imposible por arrancarle.
Y fue entonces también, de ese modo frío y ventoso, al ponerse a pintar, cuando se le impusieron a la fuerza otras cosas, su propia insuficiencia, su insignificancia, llevando la casa de su padre cerca de Brompton Road, y le costó mucho reprimir su impulso de arrojarse (menos mal que hasta entonces siempre lo había resistido) a los pies de la señora Ramsay y decirle... pero ¿qué se le podía decir?
«¿Estoy enamorada de ti?». No, eso no era verdad. «¿Estoy enamorada de todo esto?», ¿agitando la mano hacia el seto, hacia la casa, hacia los niños? Era absurdo, era imposible. Uno no podía decir lo que quería decir.
Así que ahora colocó sus pinceles ordenadamente en la caja, uno al lado del otro, y le dijo a William Bankes:
—De repente refresca. El sol parece dar menos calor —dijo, mirando a su alrededor, pues aún había mucha claridad, la hierba seguía siendo de un verde suave y profundo, la casa salpicada en su verdor de pasionarias púrpuras, y las cornejas dejaban caer gritos frescos desde el azul alto. Pero algo se movió, brilló, giró un ala plateada en el aire. Era septiembre, después de todo, mediados de septiembre, y pasadas las seis de la tarde. Así que se fueron paseando jardín abajo en dirección de costumbre, pasando junto a la pista de tenis, junto a la hierba de las pampas, hasta ese