él. * Los hijos se portaban bien con él. * Jamás dio muestra alguna de no quererlo. De hecho, hacía todo lo posible por ser amable. ¿Quieres sellos, quieres tabaco? Toma un libro que podría gustarte y cosas
Y después de todo —después de todo (aquí, de manera imperceptible, se encogió de hombros, físicamente, al cobrar conciencia de su propia belleza, como tan raras vez le ocurría)—, después de todo, por lo general no le costaba ninguna dificultad hacer que la gente la quisiera; por ejemplo, George Manning; el señor Wallace; por muy famosos que fueran, venían a verla por la noche, sin hacer ruido, y charlaban a solas junto a su chimenea. Llevaba consigo, no podía evitar saberlo, la antorcha de su belleza; la llevaba en alto en cualquier habitación en la que entrara; y al fin y al cabo, por mucho que la velara y por mucho que esquivara la monotonía que le imponía portarla, su belleza era evidente. Había sido admirada. Había sido amada. Había entrado en habitaciones donde había gente de luto. Habían corrido lágrimas en su presencia. Los hombres, y las mujeres también, soltando la multiplicidad de las cosas, se habían permitido con ella el desahogo de la sencillez.
Le dolía que él se apartara. Le hería. Y, sin embargo, no de forma limpia, no de manera recta. Eso era lo que le importaba, al sumarse a su descontento con su esposo; la sensación que tenía ahora, cuando el señor Carmichael pasaba arrastrando los pies, limitándose a asentir ante su pregunta, con un libro bajo el brazo y sus zapatillas amarillas, de que era sospechosa; y de que todo este deseo suyo de dar, de ayudar, era vanidad. ¿Acaso era por su propia autocomplacencia por lo que deseaba tan instintivamente ayudar, dar, para que la gente dijera de ella: «¡Oh, la señora Ramsay!, ¡la querida señora Ramsay!… ¡La señora Ramsay, por supuesto!» y la necesitaran y la mandaran llamar y la admiraran?