ya habían tenido la amarga experiencia de que una conducta pacífica y ordenada no era ninguna protección contra los insultos y ataques de la milicia estatal. Habían visto cómo se acusaba a sus líderes de todo tipo de crímenes y cómo se les perseguía sin piedad, incluso después de que los tribunales competentes los hubieran exculpado y vindicado. Habían visto cómo la Asociación de Propietarios de Minas, en su odio hacia la Federación, se abajaba a conspirar con un degenerado en un esfuerzo desesperado por endilgarle el crimen de intento de descarrilamiento de trenes al sindicato.
Los mineros sabían muy bien que estaban bajo la constante vigilancia de los militares, los propietarios de las minas, la Alianza de Ciudadanos y de detectives privados.
Los mineros sabían que cualquier acto de violencia por su parte sería respondido mil veces por la milicia sobre sus cabezas y sobre las cabezas de sus familias.