En 1862, Abraham Lincoln emitió su célebre proclama mundial, declarando que la esclavitud ya no debía existir en los Estados Unidos.
En nuestros días, cualquier persona que desee mejorar la condición industrial y social de los trabajadores —esclavos blancos— es denunciada por nuestra prensa conservadora como un «agitador», como un «anarquista», ¡y es encarcelada durante meses en un corral inmundo, bajo el cargo de ser un rebelde contra el Estado!
Antes de que las grandes corporaciones y los trusts corrompieran la tierra, era creencia común que la Constitución Nacional era una garantía irrevocable del derecho de cada ciudadano de este país a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad, en cualquier Estado que eligiera como residencia.
En nuestros días se nos dice, sin ambages, por parte de un Tribunal Supremo Estatal y un Tribunal de Circuito Federal, que ni la Constitución ni la bandera siguen a un ciudadano de los Estados Unidos hasta Colorado, y que si desea residir en este Estado, debe saber que detenta sus derechos a la vida, a la libertad y a la felicidad a la entera discreción del gobernador y sus subalternos militares, y que estos últimos pueden cancelar tales privilegios en cualquier momento.
Esta, en toda su repulsiva deformidad y espantosa desnudez, es la infame decisión Moyer, tal como la entendemos, y tal como creemos que la entiende todo ciudadano estadounidense inteligente y patriota.