un hecho que la Federación estaba ansiosa por una vindicación pública de los muchos cargos presentados en su contra, ¿no sería ridículo asumir que los líderes de la Federación cometerían un acto que tendería a fundamentar los cargos y a alienar esa simpatía y apoyo públicos que eran lo único que se interponía entre ellos y el puño de hierro de los militares?
Claramente, no había ningún motivo que pudiera haber impulsado al sindicato a autorizar la explosión fatal.
El sentido común, el propio interés, el deseo de conservar la simpatía pública, y los temores bien fundamentados hacia los militares, prohibían por igual la consideración seria de un plan tan insensato.
Cuando consideramos la posible conexión de la Asociación de Propietarios de Minas con la explosión del Independence, hallamos que, aunque no se pueden aportar pruebas directas, existen datos sobre los cuales se puede basar una conclusión bastante acertada.
¿No es un hecho que semejante explosión solo podía redundar en beneficio de la Asociación de Propietarios de Minas?
¿Es posible que se haya colocado una máquina infernal bajo la estación, y que se haya extendido un cable de trescientos pies de longitud desde la estación hasta un punto cercano a la mina Delmonico, sin que los siempre vigilantes propietarios de minas y detectives descubrieran el atentado planeado?
¿No es un asunto significativo que directamente después de la explosión, cuando el sentimiento popular estaba en su punto máximo, los Propietarios de Minas, en vez de ofrecer una recompensa inmensa por la captura del asesino e instituir una búsqueda vigorosa, jugaran a la política de la ley de la mafia y se apoderaran del gobierno civil; obligaran al jerife Robertson a dimitir bajo amenaza de ser colgado y sustituyeran en su lugar a un miembro de la Asociación de Propietarios de Minas; obligaran a