Como sabemos, el agente Riddell, n.º 36, que trabajaba para la Agencia en Telluride, fue el único agente que jamás intentó, por cuenta de la Institución Pinkerton y la Asociación de Propietarios de Minas, recabar pruebas incriminatorias contra la Federación Occidental de Mineros.
Su fracaso en descubrir cosa alguna fue de lo más rotundo. En consecuencia, la declaración del señor McParland acerca de poseer información y pruebas suficientes para colgar a los señores Moyer, Haywood y Pettiboue por 3
210 El espía laboral de Pinkerton.
docena de atroces asesinatos en Colorado no es más que mucha labia, o, lo que es más verdad, es una absoluta falsedad.
Por lo que se refiere al caso de Burton, el lector puede ver por sí mismo que la Agencia Pinkerton, sin excusa alguna, hizo todo lo posible por impedirle solicitar una vista en un tribunal de justicia, y habrían triunfado en su plan de no ser por la agudeza del abogado Ralph Talbot, de Denver.
Escidados por su fracaso en "triunfar" en el caso Burton, se empleó mayor cautela en el caso de los líderes de la Federación, y esta vez tuvieron éxito.
Y ahora, detengámonos un momento para observar al instrumento del gerente McParland y de los intereses de las minas y fundiciones, Harry Orchard, cuya confesión va a desempeñar un papel tan prominente en el juicio de los señores Moyer, Haywood y Pettibone.
Tal como acusa la confesión de Orchard, y como el director McParland quiere hacernos creer a todos, Moyer, Haywood y Pettibone no solo lo habían contratado para asesinar al exgobernador Steunenberg de Idaho, sino que también le habían encargando, en nombre de la Federación, asesinar a los jueces Goddard y Gabbert de la Corte Suprema de Colorado y al exgobernador Peabody.