—Muy ingenioso, oiga —explicó Alfred—. Queda muy bien cuando se abre. Estanterías, ya sabe, con unos cuantos libros de contabilidad y eso encima. Nadie sospecharía jamás, pero tocas el punto exacto y todo el tinglado se abre de par en par.
Bundle se había vuelto y estaba examinando la habitación con aire pensativo.
Lo primero que notó fue que la puerta por la que habían entrado estaba cuidadosamente revestida de bayeta en todo su contorno. Debía de ser completamente insonorizada.
Luego sus ojos se desviaron hacia las sillas. Había siete, tres a cada lado y una de diseño algo más imponente a la cabecera de la mesa.
A Bundle se le iluminaron los ojos. Había encontrado lo que buscaba. Aquel, estaba segura, era el lugar de reunión de la organización secreta. El sitio estaba planificado casi a la perfección. Parecía de lo más inocente: se podía llegar a él simplemente atravesando la sala de juegos, o bien se podía llegar por la entrada secreta, y cualquier secretismo, cualquier precaución se explicaba fácilmente por las partidas que se jugaban en la habitación contigua.
Sin prestarle atención, mientras estos pensamientos cruzaban por su mente, pasó un dedo por el mármol de la chimenea. Alfred vio y malinterpretó la acción.
—No va a encontrar suciedad, por así decirlo —dijo—. El señor Mosgorovsky ordenó que barrutearan el lugar esta mañana, y yo lo hice mientras él esperaba.
—¡Oh! —dijo Bundle, pensando con mucha intensidad—. ¿Esta mañana, eh?
—Hay que hacerlo a veces —dijo Alfred—. Aunque la habitación nunca llega a estar lo que se dice usada.