Habían vivido muy felices, primero en un par de habitaciones, luego en una casita, después en una casa más grande y más tarde en sucesivas viviendas de creciente magnitud, pero siempre a una distancia razonable de «las Fábricas», hasta que ahora Sir Oswald había alcanzado tal eminencia que él y «las Fábricas» ya no dependían el uno de la otra, y era su capricho alquilar las mansiones más grandes y magníficas disponibles en toda Inglaterra. Chimneys era un lugar histórico, y al alquilárselo al marqués de Caterham por dos años, Sir Oswald sentía que había alcanzado la cúspide de su ambición.
Lady Coote no era ni mucho menos tan feliz al respecto. Era una mujer solitaria. El principal pasatiempo de sus primeros años de casada había sido hablar con «la muchacha», y aun cuando «la muchacha» se había multiplicado por tres, la conversación con su servicio doméstico seguía siendo la principal distracción del día de Lady Coote.
Ahora, con una jauría de sirvientas, un mayordomo parecido a un arzobispo, varios lacayos de proporciones imponentes, una bandada de pinches de cocina y freganchines que correteaban por allí, un terrorífico chef extranjero con «temperamento» y un ama de llaves de dimensiones descomunales que al moverse crujía o susurraba alternativamente, Lady Coote se sentía como una náufraga en una isla desierta.
Ella suspiró entonces, profundamente, y salió flotando por la ventana abierta, para gran alivio de Jimmy Thesiger, quien de inmediato se sirvió más riñones con beicon gracias a ello.
Lady Coote se quedó unos momentos con aire trágico en la terraza y luego se armó de valor para hablar con MacDonald, el jardinero jefe, que examinaba el dominio sobre el que reinaba con una mirada autocrática.
MacDonald era el jefe supremo y príncipe de los jardineros mayores. Conocía su lugar, el cual era mandar. Y mandaba, despóticamente. Lady