tomado como su forma de ser, como un mero error de juicio, de conocimiento, de gusto, como una prueba entre otras de que no siempre había vivido en la mejor sociedad, de que, a pesar de toda la amabilidad de su trato, a veces carecía de la verdadera elegancia; pero, hasta ese mismo día, jamás había sospechado ni por un instante que aquello significara otra cosa que un respetuoso agradecimiento hacia ella por ser amiga de Harriet.
A Mr. John Knightley le debía su primera idea sobre el asunto, el primer chispazo de su posibilidad.
No se podía negar que aquellos hermanos tenían perspicacia. Recordaba lo que el señor Knightley le había dicho una vez sobre el señor Elton, la advertencia que le había hecho, la convicción que había manifestado de que el señor Elton nunca se casaría imprudentemente; y se sonrojaba al pensar cuán más verdadero conocimiento de su carácter se había mostrado allí que cualquiera al que ella misma hubiera llegado.
Era terriblemente mortificante; pero el señor Elton estaba demostrando ser, en muchos aspectos, exactamente lo contrario de lo que ella había supuesto y creído: orgulloso, arrogante, presumido; muy consciente de sus propios méritos y poco preocupado por los sentimientos de los demás.
Al contrario de lo habitual, el deseo del señor Elton de pretenderla la había hecho concebir peor opinión de él. Sus declaraciones y sus propuestas no le sirvieron de nada. No creía en absoluto en su afecto y se sentía insultada por sus esperanzas. Quería casarse bien y, teniendo la arrogancia de alzar los ojos hasta ella, fingía estar enamorado; pero estaba sumamente tranquila respecto a que él no sufriría ninguna decepción por la que valiera la pena preocuparse. No había habido afecto real ni en sus palabras ni en sus modales. Suspiros y palabras bonitas no le habían faltado, pero a ella le costaba