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Capítulo XXIV

tomado cariño cada vez que ella visitaba a sus amigas. Pero nunca fue así. Apenas sé cómo ha sucedido; un poco, tal vez, por esa maldad de mi parte que tendía a sentir aversión hacia una chica tan idolatrada y tan alabada como siempre lo fue ella por su tía y su abuela, y todo su círculo. Y luego, su reserva... Jamás he podido apegarme a alguien tan sumamente reservada”.

—Es una cualidad de lo más repugnante, en verdad —dijo—. A menudo muy conveniente, sin duda, pero jamás agradable. La reserva ofrece seguridad, pero ningún atractivo. Uno no puede amar a una persona reservada.

—Hasta que la reserva desaparezca hacia uno mismo; y entonces la atracción puede ser mayor. Pero tengo que estar más necesitada de un amigo, o de un compañero agradable, de lo que lo he estado hasta ahora, para tomarme la molestia de vencer la reserva de cualquiera con tal de conseguirlo. La intimidad entre la señorita Fairfax y yo está totalmente fuera de lugar. No tengo razón alguna para pensar mal de ella —ni lo más mínimo—, excepto que una cautela tan extrema y perpetua en las palabras y en los modales, un miedo tan grande a dar una idea clara sobre alguien, tiende a hacer sospechar que hay algo que ocultar.

Él estaba perfectamente de acuerdo con ella: y después de caminar juntos durante tanto tiempo, y de pensar de manera tan parecida, Emma se sentía tan familiarizada con él, que apenas podía creer que fuera tan solo su segundo encuentro. No era exactamente lo que ella había esperado; menos mundano en algunas de sus ideas, menos niño mimado de la fortuna, y por lo tanto, mejor de lo que había esperado. Sus ideas parecían más moderadas, y sus sentimientos, más cálidos. Le llamó particularmente la atención la manera que tenía de considerar la casa del señor Elton, la cual, al igual que la iglesia, quiso ir a ver, y no se unió a

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