cosa menor habría sido ciertamente demasiado poco en un amante; y él estaba dispuesto, ante la más mínima pausa del lápiz, a levantarse de un salto para ver el progreso y quedar encantado.—Era imposible estar disgustada con semejante alentador, pues su admiración le hacía discernir un parecido casi antes de que fuera posible. No podía respetar su ojo clínico, pero su amor y su complacencia eran irreprochables.
La sesión fue en conjunto muy satisfactoria; el boceto del primer día le gustó lo bastante como para querer continuar. No faltaba parecido, había tenido suerte con la postura y, como pensaba añadirle al cuerpo un toque de mejora para darle un poco más de altura y bastante más elegancia, tenía la absoluta confianza de que acabaría siendo un dibujo precioso en todos los sentidos, y de que ocuparía el lugar que le tenía reservado dando honor a ambos: un testimonio permanente de la belleza de la una, la habilidad del otro y la amistad de los dos; junto con tantas otras asociaciones agradables como el más que prometedor afecto del señor Elton parecía augurar.
Harriet debía posar de nuevo al día siguiente; y el señor Elton, como era su deber, suplicó que se le permitiera volver a acompañarlas y leerles.
“Por supuesto. Estaremos encantados de considerarle como uno más del grupo.”
Las mismas atenciones y cortesías, el mismo éxito y satisfacción, se repitieron al día siguiente y acompañaron todo el proceso del cuadro, que fue rápido y feliz. A todo el mundo le gustó verlo, pero el señor Elton estaba en un éxtasis continuo y lo defendía de cualquier crítica.
—La señorita Woodhouse le ha dado a su amiga la única belleza que le faltaba —observó la señora Weston ante él, sin sospechar en lo más mínimo que se dirigía a un enamorado—. La expresión de los ojos es de lo más acertada, pero la señorita Smith no tiene esas cejas ni esas pestañas. Es un defecto de su rostro el no tenerlas.