Esta pequeña explicación con el señor Knightley le proporcionó a Emma un placer considerable. Fue uno de los recuerdos agradables del baile, el cual disfrutó paseando por el césped a la mañana siguiente. Se alegraba muchísimo de haber llegado a un entendimiento tan bueno respecto a los Elton, y de que sus opiniones sobre el marido y la mujer fueran tan similares; y su elogio de Harriet, su concesión a su favor, le resultó particularmente gratificante. La impertinencia de los Elton, que durante unos minutos había amenazado con arruinar el resto de su velada, había sido la ocasión de algunas de sus mayores satisfacciones; y aguardaba con ilusión otro feliz resultado: la cura del encaprichamiento de Harriet. Por la forma en que Harriet había hablado de lo sucedido antes de abandonar el salón de baile, tenía grandes esperanzas. Parecía como si se le hubieran abierto los ojos de repente y fuera capaz de ver que el señor Elton no era el ser superior que había creído. La fiebre había pasado, y Emma apenas podía temer que el pulso volviera a acelerarse a causa de alguna descortés cortesía. Confiaba en que los malos sentimientos de los Elton proporcionaran toda la disciplina de desprecio evidente que pudiera seguir haciendo falta. Con Harriet en su sano juicio, Frank Churchill no demasiado enamorado y el señor Knightley sin deseos de enfadarse con ella, ¡qué verano tan feliz le aguardaba!
No iba a ver a Frank Churchill esa mañana. Él le había dicho que no podía permitirse el placer de detenerse en Hartfield, ya que tenía que estar en su casa hacia el mediodía. Ella no lo lamentaba.
Habiendo arreglado todos estos asuntos, habiéndolos revisado y puesto en orden, se disponía a regresar a la casa con el ánimo renovado para atender las exigencias de los dos pequeños y también las de su abuelo, cuando la gran cancela de hierro se abrió y entraron dos personas a