grandes ventanas de guillotina que estaban abiertas, para mirar hacia dentro y contemplar sus posibilidades, y lamentar que su propósito original hubiera cesado. No vio ningún defecto en la sala, ni quiso reconocer ninguno de los que ellos señalaron. No, era lo suficientemente larga, lo suficientemente ancha, lo suficientemente hermosa. Cabría exactamente el número de personas necesario para estar cómodos. Deberían celebrarse bailes allí al menos cada quince días durante el invierno. ¿Por qué la señorita Woodhouse no había revivido los buenos viejos tiempos de la sala?—¡Ella, que podía hacerlo todo en Highbury!
Se mencionó la falta de familias de buena posición en el lugar, y el convencimiento de que nadie de fuera del pueblo y sus inmediaciones se sentiría tentado a asistir; pero él no se dio por satisfecho.
No lograba convencerse de que tantas casas de buen aspecto como veía a su alrededor no pudieran proporcionar la cantidad suficiente de asistentes para semejante reunión; y aun cuando se le dieron detalles y se le describieron las familias, siguió sin querer admitir que el inconveniente de tal mezcla fuera a representar gran cosa, ni que hubiera la menor dificultad en que cada cual volviera a su debido sitio a la mañana siguiente.
Él argumentaba como un joven muy empeñado en bailar; y Emma se mostró más bien sorprendida de que la constitución de los Weston prevaleciera de un modo tan decisivo frente a los hábitos de los Churchill.
Parecía poseer toda la vitalidad y el ánimo, los sentimientos alegres y las inclinaciones sociales de su padre, y nada del orgullo ni de la reserva de Enscombe.
De orgullo, en verdad, había tal vez apenas el suficiente; su indiferencia ante la confusión de rangos rayaba demasiado en la vulgaridad mental. No podía ser juez, sin embargo, del mal que estaba menospreciando. No era más que una efusión de espíritu vivaz.